Por: Sebastián Mosquera Núñez.
Médico especialista en Psiquiatría

Hay decisiones que no se toman de un momento a otro. No llegan siempre como una revelación clara, inmediata o ruidosa. A veces se van formando poco a poco, en silencio, mientras uno estudia, observa, escucha y vive. Así fue, para mí, la elección de la Psiquiatría como especialidad.
Durante mucho tiempo sentí afinidad por esta especialidad, pero fue entre 2020 y 2021, en los años más duros de la pandemia, cuando esa inclinación terminó de convertirse en una certeza. Coincidió además con el inicio de mi práctica profesional en consulta. Y en medio de ese contexto tan incierto, tan frágil y tan profundamente humano, comprendí algo que hasta entonces solo intuía: que muchas de las heridas más intensas no siempre se ven, no siempre sangran, no siempre aparecen en una tomografía o en un examen de laboratorio, pero aun así duelen, limitan, desgastan y pueden cambiar por completo la vida de una persona.
En esos años vimos de cerca el miedo, el aislamiento, el duelo, la angustia, la desesperanza, el agotamiento emocional y la soledad. Vimos personas intentando sostenerse por fuera mientras por dentro apenas podían mantenerse en pie. Y entendí que allí, justamente allí, en ese territorio tan complejo y tan íntimo del sufrimiento humano, estaba el lugar desde el que yo quería ejercer la Medicina.
El arte de mirar al ser humano completo
La Psiquiatría es una de las ramas que exige mirar al ser humano en su totalidad. No solamente sus síntomas, sino también su historia. No solamente su diagnóstico, sino su manera de sufrir. No solamente lo que le ocurre, sino también lo que ha perdido, lo que teme, lo que calla y lo que todavía espera. Desde el inicio me atrajo esa posibilidad de unir la ciencia médica con una comprensión más profunda de la experiencia humana; de pensar al paciente desde lo biológico, sí, pero también desde lo emocional, lo familiar, lo social y lo vital.
Con el tiempo confirmé además que en Psiquiatría la relación médico-paciente no es un detalle secundario: es parte esencial del tratamiento. A veces, una persona llega a consulta después de haber pasado demasiado tiempo sintiéndose incomprendida, minimizada o juzgada. Por eso escuchar con atención, preguntar con respeto, poner nombre a aquello que duele y ofrecer una lectura clínica seria, pero también humana, puede tener un valor enorme. No porque las palabras sustituyan al tratamiento, sino porque nadie mejora de verdad en un lugar donde no se siente visto.
El compromiso frente al silencio
Esta especialidad me confrontó con una realidad que sigue siendo urgente: el sufrimiento psíquico continúa rodeado de estigma, prejuicios y silencio. Muchas personas tardan años en pedir ayuda. Otras llegan cuando ya han agotado sus fuerzas. Algunas ni siquiera saben cómo explicar lo que les pasa. Y en medio de todo eso, la Psiquiatría tiene una responsabilidad que va más allá del diagnóstico y la prescripción: acompañar, orientar, aliviar, traducir el dolor a un lenguaje que pueda ser comprendido y atendido con dignidad.
Nunca he creído que ser psiquiatra sea solo tratar trastornos mentales. Para mí, también significa estar dispuesto a entrar, con respeto y responsabilidad, en algunas de las zonas más vulnerables de la vida humana. Significa sentarse frente a alguien que quizá ha perdido el sueño, el sentido, la calma, la esperanza o incluso la capacidad de reconocerse a sí mismo, e intentar ayudarle a encontrar una salida. A veces esa salida empieza con un tratamiento; otras, con una conversación; muchas veces, con ambas cosas.
Una vocación que se habita
Mirando hacia atrás, entiendo que mi elección no nació de la conveniencia ni de la necesidad de tener un título de especialista. Nació de algo más profundo: de una afinidad real con esta manera de entender la Medicina y de estar al servicio de los demás. La Psiquiatría me permitió reconocer que la salud no consiste solo en la ausencia de enfermedad, sino también en la posibilidad de habitar la propia vida con algo de calma, de sentido y de dignidad.
Hoy puedo decirlo con más convicción que nunca: elegí la Psiquiatría porque en ella encontré una forma de ejercer la Medicina que me representa profundamente. Una práctica que requiere rigor científico, pero también sensibilidad; conocimiento, pero también escucha; criterio clínico, pero también humanidad.
Y quizá, en el fondo, la elegí por una razón muy simple: porque hay dolores que no se ven, pero merecen la misma seriedad, el mismo respeto y el mismo cuidado que cualquier otra enfermedad. Estar allí, acompañando a quienes los atraviesan, es la labor que siento como propia.
“El tratamiento empieza con el imperativo de conocer mejor a la persona humana”
