Por: Sebastián Mosquera N.
Especialista en Psiquiatría

Durante mucho tiempo, la salud mental ocupó un lugar secundario en la conversación pública. Se hablaba de ella cuando había una crisis, cuando una tragedia la ponía en primer plano o cuando el sufrimiento ya era imposible de ocultar. Pero no como parte cotidiana de la salud, del bienestar y de la vida en sociedad. Esa forma de verla ya no es sostenible.
Hoy sabemos con claridad que la salud mental no es un tema “aparte”, ni un lujo, ni algo que solo deba interesar a quien tiene un diagnóstico psiquiátrico. Es una dimensión esencial de la salud humana. La propia Organización Mundial de la Salud insiste en que la salud mental forma parte inseparable de la salud general, y recuerda además que los trastornos mentales representan una de las principales causas de discapacidad en el mundo.
Hablar de salud mental no es hablar únicamente de trastornos mentales. Es hablar de la capacidad de una persona para sostener su vida diaria, cuidar sus vínculos, enfrentar el estrés, trabajar, descansar, tomar decisiones, pedir ayuda cuando la necesita y encontrar cierto equilibrio en medio de las dificultades. Por eso, cuando la salud mental falla, el impacto no se queda en la intimidad de quien sufre: alcanza a la familia, al trabajo, al rendimiento académico, a la convivencia y, en muchos casos, a toda una comunidad.
A escala global, la magnitud del problema ya no admite minimizaciones. En 2021, casi una de cada siete personas en el mundo vivía con un trastorno mental. La ansiedad y la depresión se encuentran entre los problemas más frecuentes, y la OMS ha advertido que, aun cuando existen tratamientos eficaces, la mayoría de quienes los padecen no recibe atención adecuada.
La pandemia por COVID-19 no creó esta crisis, pero sí la hizo más visible y, en muchos casos, la intensificó. En el primer año de la pandemia, la prevalencia mundial de ansiedad y depresión aumentó alrededor de un 25%, según la OMS. No fue solo una cifra: detrás de ella hubo miedo, duelo, aislamiento, incertidumbre, desgaste emocional y una sensación generalizada de fragilidad que atravesó países, edades y profesiones.
América Latina: una deuda persistente
En América Latina y el Caribe, la situación tiene matices propios, pero el problema de fondo se repite: la necesidad es alta y la respuesta sigue siendo insuficiente. La OPS advierte que en muchos países de la región la brecha de tratamiento en salud mental supera el 70%. Dicho de forma simple: una gran parte de las personas que necesitan atención no la recibe, o la recibe tarde, o la recibe de manera fragmentada.
A esto se suma un dato particularmente preocupante: la Región de las Américas es la única región de la OMS donde las tasas de suicidio han mostrado un aumento, lo que refuerza la idea de que no basta con reconocer el problema; hace falta intervenir mejor, más temprano y de forma más coordinada.
Cuando uno observa la realidad regional, aparece un patrón conocido: poco presupuesto, servicios concentrados en las ciudades, escasez de profesionales en muchos territorios, dificultades para integrar la salud mental en la atención primaria y persistencia del estigma. A veces el problema no es únicamente la falta de servicios, sino que la persona no llega a consultar porque teme ser juzgada, etiquetada o incomprendida. En salud mental, la distancia entre necesitar ayuda y pedirla sigue siendo, para muchas personas, dolorosamente amplia.
Ecuador: avances importantes, desafíos aún mayores
Ecuador no está fuera de esta realidad. Desde hace años, los datos disponibles vienen mostrando que los trastornos mentales, neurológicos, el consumo de sustancias y el suicidio tienen un peso importante en la carga de enfermedad del país. De acuerdo con el perfil de salud mental de Ecuador publicado por la OPS/OMS, este grupo de problemas representa una proporción considerable de los años de vida ajustados por discapacidad y de los años vividos con discapacidad. Es decir, no se trata de un tema marginal: es un componente importante del sufrimiento y de la limitación funcional de la población.
También es cierto que el país ha dado pasos relevantes en el plano normativo. En enero de 2024 entró en vigencia la Ley Orgánica de Salud Mental, que reconoce la salud mental como parte de la salud integral y plantea un modelo de atención con enfoque comunitario y de derechos. Más recientemente, el Ministerio de Salud Pública ha señalado el desarrollo de una política nacional y el fortalecimiento de la red de servicios con énfasis en promoción, prevención, atención en niveles tempranos y reducción del estigma. En otras palabras, hoy existe un marco más sólido que el que teníamos hace pocos años.
Ese avance merece ser reconocido. Pero sería un error confundir avance normativo con problema resuelto.
Tener leyes y lineamientos es indispensable, pero no suficiente. La verdadera pregunta es qué ocurre en la experiencia concreta de las personas. ¿Pueden acceder a atención oportuna? ¿Hay suficientes servicios cerca de donde viven? ¿Existen equipos entrenados para detectar y atender a tiempo ansiedad, depresión, riesgo suicida, consumo problemático o trastornos graves? ¿Se acompaña a las familias? ¿Se trabaja de forma preventiva en escuelas, universidades, lugares de trabajo y comunidades? ¿La salud mental está integrada de verdad al sistema de salud o sigue funcionando como un anexo tardío? Es ahí donde todavía persisten varias de las grandes tareas pendientes.
El problema no es solo clínico: también es social
Uno de los errores más comunes es pensar que la salud mental depende únicamente de lo que ocurre “dentro” de la persona. No es así. La salud mental también está atravesada por las condiciones en las que se nace, se crece, se trabaja, se estudia, se envejece y se vive. La OMS insiste en la importancia de los determinantes sociales de la salud: pobreza, violencia, desigualdad, exclusión, inestabilidad laboral, aislamiento, discriminación y falta de redes de apoyo influyen de forma decisiva en el bienestar psíquico.
Por eso, cuando hablamos de salud mental, no deberíamos reducir la conversación a consultorios, diagnósticos o medicación. Todo eso importa, por supuesto. Pero también importan la escuela, la familia, el barrio, el empleo, la seguridad, la calidad del vínculo social y las oportunidades reales de vivir con dignidad. Una política seria de salud mental no empieza ni termina en el hospital. Empieza mucho antes: en las condiciones que hacen más probable el sufrimiento o, por el contrario, más posible el bienestar.
Todavía pesa el estigma
A pesar de que hoy hablamos más de salud mental que hace una década, el estigma sigue siendo una barrera real. Muchas personas continúan asociando la atención psiquiátrica con debilidad, “locura”, fracaso personal o pérdida de control. Otras creen que pedir ayuda es exagerar, o que los tratamientos son peligrosos por definición. Ese imaginario hace daño: retrasa la consulta, empeora los cuadros y aumenta el sufrimiento innecesario. La OPS y la OMS siguen señalando el estigma y la discriminación como obstáculos centrales para el acceso y la recuperación.
Quizá una de las tareas más urgentes hoy sea justamente esa: hablar de salud mental con más seriedad y menos prejuicio. No banalizarla, pero tampoco temerle. Ni reducirla a frases vacías de autoayuda, ni encerrarla en un lenguaje técnico inaccesible. Necesitamos una conversación pública más madura: informada, humana y responsable.
Hacia dónde deberíamos movernos
Si algo nos ha enseñado la evidencia reciente es que no basta con reaccionar cuando el problema ya explotó. La salud mental necesita prevención, detección temprana, atención accesible y continuidad de cuidados. Necesita servicios comunitarios, integración con atención primaria, formación adecuada del personal de salud, trabajo intersectorial y políticas sostenidas en el tiempo. De hecho, la estrategia regional de la OPS para 2024–2030 insiste precisamente en mejorar la salud mental y fortalecer la prevención del suicidio desde un enfoque más amplio, comunitario y basado en derechos.
También necesita algo más básico, pero igual de importante: que como sociedad dejemos de mirar el sufrimiento psíquico como si fuera un problema ajeno. Porque no lo es. La salud mental no pertenece solo a la psiquiatría, ni solo a la psicología, ni solo al sistema de salud. Nos atraviesa a todos.
Una idea final
La gran discusión ya no debería ser si la salud mental importa. Eso está fuera de duda. La discusión real es si estamos dispuestos a darle, por fin, el lugar que merece: en las políticas públicas, en los servicios de salud, en la educación, en el trabajo y en la vida cotidiana.
Hablar de salud mental hoy no es seguir una tendencia. Es responder a una realidad que está frente a nosotros. Una realidad que tiene cifras, sí, pero sobre todo tiene rostros, historias, familias y vidas enteras intentando sostenerse en silencio.
Y quizá ese sea el punto más importante: detrás de cada estadística hay una persona que no necesita ser juzgada ni reducida a un diagnóstico, sino comprendida, atendida a tiempo y acompañada con dignidad.
Fuentes:
• Organización Mundial de la Salud. (2025). Salud mental: fortalecer nuestra respuesta. https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/mental-health-strengthening-our-response
• Organización Mundial de la Salud. (2025). Trastornos mentales. https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/mental-disorders
• Organización Mundial de la Salud. (2022, 2 de marzo). La pandemia de COVID-19 aumentó en un 25% la prevalencia de ansiedad y depresión en todo el mundo. https://www.who.int/es/news/item/02-03-2022-covid-19-pandemic-triggers-25-increase-in-prevalence-of-anxiety-and-depression-worldwide
• Organización Panamericana de la Salud. (2025). Mental health. https://www.paho.org/en/topics/mental-health
• República del Ecuador. (2024, 5 de enero). Ley Orgánica de Salud Mental. Registro Oficial. https://intranet.msp.gob.ec/images/Documentos/Ley_de_Transparencia/2024/OCTUBRE/JURIDICO/Ley%20Organica%20de%20Salud%20Mental.pdf
